No sabía qué esperar cuando empecé el curso. Hacía más de 4 años que no daba clases de español para extranjeros, algo que siempre me ha encantado y que me abrió el camino para ser profesor.
Mi primera sorpresa fue encontrarme con solo 5 alumnos... en mis clases regulares en la universidad en mis grupos suele haber unos 30 alumnos. Así que, pensé, vamos a ser una familia. Lo que no sabía es qué tipo de familia, pues cuando los grupos son pequeños la vida puede ser un cielo o un infierno.
Pues bien... fue un cielo. Y me he pasado gran parte del verano sintiendo una especie de melancolía, como despidiéndome de algo hermoso que se extingue lentamente, como un atardecer. Los alumnos no sabían que estas semanas eran las últimas semanas de mi vida en esta universidad, pues el próximo semestre trabajaré en otra. Y amo esta universidad... en ella di clases por primera vez como profesor universitario... en ella estudié una maestría y viví mi primera etapa en México.... en ella conocí a mi esposa y me enamoré de una forma diferente a todas las que había experimentado hasta entonces. No sé... esta universidad es uno de esos lugares del mundo donde he sido feliz.
Los alumnos, sin saberlo, acompañaron mi camino de nostalgia estas semanas. Y le pudieron azúcar a esa despedida. Aprendieron mucho, lo sé, pero, sobre todo, creo que disfrutaron la experiencia. Ese es mi objetivo como profesor... no es enseñar una serie de contenidos del programa (algo muy limitante en muchos sentidos), sino crear una experiencia de aprendizaje positiva, algo que encienda la curiosidad y las ganas de progresar de los alumnos y de mí mismo.
Creo que entre todos lo logramos. Y doy gracias a la vida por ser tan generosa conmigo, por darme tanto
No hay comentarios:
Publicar un comentario